viernes, 15 de mayo de 2015

Prólogo

Aún siento el metálico y extraño sabor en los labios,  aquella calidez bajando por mi garganta, pero también el terror en aquella situación. Todo lo relativo a aquel lapso de apenas treinta segundos está borroso, pero quizás debería de empezar por presentarme y explicar cómo llegué a estar rodeado de cadáveres y empapado completamente de sangre.

Mi nombre es Lucent, y soy un asesino involuntario, bueno creo que mejor empiezo aún antes, quizás por cuando todo iba bien, antes de quedarme solo.

El pueblo donde nací, estaba rodeado de montañas y por lo tanto algo oculto. Éramos pocos habitantes, lo cual hacía imposible que en menos de una semana no te conociera todo el mundo. Había apenas una docena de niños, el resto eran ancianos, mujeres y lisiados. Los hombres abandonaban el pueblo en búsqueda de fortuna, al llegar a la mayoría de edad, solían enviar parte de lo que conseguían para el pueblo y su familia, al sufrir heridas graves, como perder algún miembro,  o al volverse demasiado ancianos como para recorrer el mundo, regresaban a su hogar, y ocupaban el resto de sus días entrenando a los jóvenes o trabajando en las tierras del pueblo.
Cuando naces, el jefe del pueblo y su ayudante te visitan el mismo día, y cada seis meses hasta los dos años y luego una vez cada seis meses hasta los cuatro años, para ver tu crecimiento y donde colocarte. En mi caso crecí poco y delgado, tez pálida, cabello oscuro al igual que mis padres, mis ojos por el contrario eran bien diferentes, mis pupilas eran de un rojo oscuro, como apagado. El resto de mi cara no la  describiré, puesto que ni la he visto ni es necesario. En nuestro pueblo tenemos la tradición de usar siempre y en todo momento unas mascaras, bien, supongo que será algo confuso ¿no?

De acuerdo, me explico.

Siempre usamos mascaras con rostros de animales, y como siempre que se cambian es a oscuras ni uno mismo conoce su propio rostro, las mascaras depende de la edad: hasta los cuatro años mascara de conejo, de los cuatro a los doce de lechuza, desde los doce hasta que uno vuelve al pueblo de águila. Por otro lado las mujeres que no abandonan el pueblo, como las que son madres usan una de gato; los guerreros que defienden el pueblo usan una de lobo y el alcalde usa una de dragón. Además, a cada máscara se le tallaba en runas el nombre de la persona que la llevaba, para reconocerse dentro del mismo grupo.

Hablando un poco de mí, diré que yo había poco por lo que seguía siendo delgado y bastante bajo. Todos los días iba a aprender de los maestros del pueblo, pero…día tras día fracasaba. Si iba a la forja me quemaba o malgastaba material; en los telares me enredaba los dedos y pies por lo cual terminaba rompiendo algún telar; en los campos accidentalmente no hacía más que pisar accidentalmente las cosechas, vamos que no hacía nada bien. Era un completo desastre.
Mis padres constantemente me decían que era un torpe y que debía de ser más cuidadoso o no serviría para salir del pueblo.  Después de probar todos los oficios comunes, mis padres intentaron que probase en los menos honrados para que al menos hiciera algo, pero tampoco. De ladrón, practicábamos con un muñeco de tamaño normal y en lugar de agujerear su bolsa despacio solía atravesar la bolsa bruscamente por lo que las monedas caían ruidosamente al suelo. Como asesino y guerrero, daba igual las armas que usara, tan solo conseguía provocar heridas superficiales carentes de importancia o agujerear la ropa en las zonas donde no tapaba a la carne por lo cual no causaba daño alguno.

Ni recolectando alimentos podía estar sin meter la pata, envenené levemente a cinco compañeros que por suerte tan solos sufrieron unas fiebres durante unos días.


Y os preguntareis, ¿Por qué no era capaz de hacer nada bien? Ni yo mismo lo sabía entonces, solo sabía que mientras me concentraba en hacer algo bien, todo el cuerpo comenzaba a dolerme, como si me hirviera la sangre, literalmente.